POCO AMOR, MUCHO SEXO

Nos dedicamos mucho sexo y poco amor. Tengo claro que fue así. Fueron besos de sexo, eran besos vacíos. Como los que das a una persona que te acaban de presentar. Alguien a quien no conoces. Así eran nuestros besos. En ese momento no lo sentí así, en ese momento me pareció el principio de algo. Pero no nos engañemos no lo fue.

Nuestra historia, estaba hecha de sexo en la cama, sexo en el comedor, sexo en la ducha, sexo en el sofá y en cualquier sitio más. Fuego. Solo éramos fuego. Solo eso.

Creo que entendí mal las reglas del juego. Cuando me quise dar cuenta ya me habías creado adicción. A tu piel. A tu olor. A tu sonrisa. A tus roces. Se supone que las reglas reales eran fáciles, “diviértete, ríete, baila nuestra canción favorita, pero no te enamores de mí, porque no me voy a quedar, me iré antes de que te des cuenta. No seremos nunca eso que sueñas todas las noches”.

Pero no pude evitarlo. Lo hice. Caí de pleno. Me enamore de ti. Cuando es de verdad no se puede evitar. Aunque hubiera querido no lo habría esquivado. Tengo claro en qué momento fue, un día cualquiera, ninguna fecha especial, solo se me quedó grabado el momento. Tus ojos color miel mirando los míos y solo dijiste una frase: dónde estuviste todo este tiempo. Pava de mí, caí de directa a tus pies. Pero tu no. Interprete mal las señales. Eso parece. A lo mejor me pudo el ansia de que también sintieras lo mismo que yo.

Me dijiste alto y claro que para ti solo era sexo, algo físico, nada más. Y ahí me quedé con mi careto de: no me había dado cuenta. Como si de algo nuevo se tratara. ¡Extra! ¡Extra! que nunca se enamoró de mí.

Fuimos.
Poco amor, mucho sexo.

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