APRENDÍ

Aprendí a echarte de menos. Cada vez que me acordaba de ti te deseaba lo mejor. Que fueras feliz. En mi mente te mandaba toda la fuerza y la luz que podía.

Pero aún seguías ahí. Eras muy insistente. Me costaba la vida entera olvidarme de ti. Era un constante esfuerzo. Un esfuerzo agotador. El típico esfuerzo absurdo. Que no vale la pena.

Me senté en la cama con los ojos cerrados en total silencio. Empecé a pensar en algunos de los momentos más bellos que viví y compartí contigo. Buscando un poco de consuelo. Creía que haciendo eso tendría calma, como si lo dejara ir. Como el que pasa cuentas y lo deja todo limpio.

Pero nada de nada. No dejaba de doler. Un dolor que no tiene explicación ni forma.

Se queda clavado hasta el fondo.

No me quedó otra opción.
Aprendí a soltarte la mano.
Aprendí a no mirarte a los ojos.
Aprendí a secas.
Aprendí por obligación.
Aprendí.

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